foto abeja national geographic

 

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Diario EL OBSERVADOR - Montevideo - URUGUAY - 02 junio 2019

 


Las abejas cada vez producen menos, los costos se multiplicaron, es una proeza vender la miel y cuando se puede el precio es decepcionante

Por Juan Samuelle, enviado a Colonia



La primera vez que Sergio Álvarez “destapó” una colmena fue en 1970. Recuerda que lo hizo con Teodoro Gutiérrez, un vecino que tiene 86 años y sigue siendo apicultor, iniciando una aventura que está a punto de cumplir medio siglo.

Durante 25 años desarrolló dos actividades, dirigiendo una metalúrgica –negocio familiar iniciado por su abuelo Pedro– y un apiario, pero el estrés llegó a tal nivel que tuvo una parálisis, el médico le pidió que optara y no dudó, le arrendó la metalúrgica a su hermano Darío y se quedó con la abeja: “me quedé con lo que más me gustaba y no me arrepiento”, afirmó.


Igual, admitió, “no aflojé, tengo 62 años y trabajo con mi familia de lunes a lunes, a las cinco y media de la mañana ya ando levantado y me doy maña para hacer de todo y ese es un poco el secreto para sobrevivir en momentos complicados, hago los cajones, la mecánica, armo las máquinas y me ocupo de todo el ciclo, desde cuidar a las abejas y sus colmenas hasta que la miel queda pronta para consumir acá o exportar”.



El apiario de Sergio lleva por nombre el apodo que tuvo él desde chico, Taca. Tiene su base de acciones en Tarariras, en dos ámbitos. La producción de la materia prima sucede en 80 predios de Colonia y Soriano donde el promedio de colmenas productivas va de 2.000 a 2.500. La miel se comercializa en forma particular, en envases pequeños para consumo directo, y a Miel Emilia en grandes tambores para la exportación.



Dejó en claro que la familia es el sostén: “mi señora –Marlene Armand Ugón– es el puntal que maneja la economía y hace que esto marche, nuestro hijo –Ernesto– estudió administración de empresas en Colonia, nació entre las abejas porque mi señora trabajaba en esto estando embarazada y ahora él trabaja conmigo y siempre le gustó; y está nuestra hija –Milagro– que va al liceo, pero a ella le gusta la sicología”.



Lo que Sergio lamenta, anhelando que Ernesto pueda en un futuro estar al frente de la empresa y que le vaya bien, es que “la cosa está cada vez más torcida, llevamos cuatro años poniendo de los ahorros para seguir, no hay rentabilidad”.

Explicó que por un lado “el precio nos mata, nos llega por kilo mucho menos que lo que cuesta producirlo y además el dólar mejoró pero debería estar al menos en $ 40”. Recordó que en la década de 1980 le vendía a la ex cooperativa Calforu (luego pasó a venderle a Central Apícola) y recibía US$ 0,48 por kilo, pero los costos eran mucho menores y había un buen margen de ganancia. En 1995, incluso, “llegamos a US$ 0,85 por kilo y tocamos el cielo con las manos”. Ya en 2010, con el dólar a $ 17 y los US$ 3 por kilo “increíblemente los números no daban”. Hoy el panorama es peor: si tiene la suerte de vender recibe US$ 1,40 por kilo y el costo está en US$ 1,80.

Para rescatar lo más que se pueda, en el mercado local él vende con base en el “boca a boca” a $ 120 el kilo, aunque en Montevideo hay miel que llega a $ 200. “Estaría más barata si pudiéramos exportar mejor y tener buenos ingresos por ese otro lado”, apuntó.



Sentado en un escritorio colmado de papeles donde tiene anotado todo lo que ha hecho en estos 49 años como apicultor, hablando con pasión de cada tema, Sergio detalló que hay más de una realidad en el sector, la del apicultor que solo se dedica a la abeja “y ese está muy complicado”, y el que tiene esta actividad como un complemento “y como tiene otros ingresos se revuelve mejor, tiene costos menores, se las arregla solo o le ayuda un vecino; yo en 2010 tuve que prescindir de tres operarios y tengo un empleado por jubilarse y cuando pase no tengo margen para un sustituto, los números no dan”.

“El aparato productivo se encareció totalmente porque cambió la agricultura cuando llegó la soja. Hace unos 15 años no se curaba, no se daban nutrientes, no se le daba azúcar a la abeja porque había mucho más floración  natural y más base pastoril para el ganado; hoy para ayudar a la abeja a que pase el invierno tengo que comprar 20 mil kilos de azúcar por año”, lamentó.

Para peor, al mismo tiempo “desde 2005 fue cayendo la producción, yo sacaba casi 60 kilos de las colmenas por zafra, el año pasado cerramos en 25 y este año en 22 kilos”.



En definitiva, “tenemos más costos y a lo que dije hay que sumarle impuestos, combustible, electricidad y las obras que hay que hacer para hacer las cosas como Dios manda y producimos menos y eso nos cuesta venderlo y cuando se vende se saca poco”.


El mercado mundial, comentó, “está saturado de mieles adulteradas que producen los chinos, la gente las compra porque son baratas y a ese problema se suma que los mercados bajaron los límites permitidos de residuos de glifosato y eso es otro garrón, lo usan para bajar los precios”.



Aclaró que “esa miel está perfecta, yo la vendo y la consumo, es verdad que hay residuos pero en un nivel aceptable como lo hay en el agua y en otros alimentos”. Sí tranca la exportación y a tal punto que en los galpones del país hay un stock de 10 mil tambores para exportar (3.000 toneladas).

En enero Sergio cumplió con la exigencia de los análisis para exportar la miel de la última zafra, se iniciaron las gestiones, apareció un comprador en Dinamarca, los trámites se demoraron y cuando quedaron listos tardó en aparecer un barco y recién a mitad de mayo se pudo exportar una primera partida, “y sabiendo que es perdiendo plata, pero para por lo menos rescatar algo”, contó.



“Podemos seguir porque somos muy ordenados, le ponemos corazón pero mucha gente apasionada por la abeja tuvo que bajar las cortinas. Hay una crisis que no solo nos pega a los apicultores si se tiene en cuenta el valor de la miel como alimento y el de la polenización, pero no hay cultura sobre eso, es un debe generarla en las escuelas”, opinó.



Y fue más allá: “que haya menos empleo es un drama y acá tenemos una solución fácil, si las cuentas mejoran en un abrir y cerrar de ojos los apicultores creamos 1.000 puestos, solo yo si esto mejora puedo sumar tres empleados”, afirmó. Pero, precisó, hace falta “una ayuda real, porque el subsidio del combustible fue para algunos; si nuestro costo baja a US$ 1.30 por kilo y la agricultura se ordena somos competitivos porque nuestro producto es muy superior en calidad al de los chinos”.

Acostumbrado a superar escollos, Sergio confía en que “esto mejorará”. No baja los brazos “porque soy descendiente de vascos, porque es lo que le podemos dejar a los hijos y porque nos apasiona”, confesó. Y ayuda, admitió, el reconocimiento a la calidad de su miel de parte de clientes y hasta de expertos que desde Japón, India, Dinamarca, Canadá y Australia han llegado a Tarariras para ver cómo trabaja. “Hasta vinieron de una revista francesa especializada en apicultura”, dijo con evidente orgullo.



Por eso sigue fijándose metas. En su momento se adelantó a las actuales exigencias y acumulando una inversión de unos US$ 100 mil diseñó y construyó una planta de procesamiento de mieles modelo, contemplando las exigencias que fueron llegando. Ahora busca concentrar las actividades en una de las dos fincas que tiene, para bajar costos y subir la eficiencia, “porque si nadie te ayuda igual hay que seguir adelante, aunque el temporal sea el más fuerte”.
La envidia que da observar por TV las carreras del Tour de France
Caen los niveles productivos, suben los costos y la miel se vende poco y mal, pero lo que le quita el sueño a Guillermo Autino “es cómo estamos castigando al medio ambiente y eso lo sufre especialmente la abeja, debemos dejar de ser tan invasivos”. Mencionó, como anécdota, la sana envidia que le da ver por TV las carreras del Tour de France, no por la habilidad de los ciclistas, sino porque “se ven paisajes hermosos, protegidos, chacras cultivadas pero rodeadas de árboles… acá vas por la ruta y solo ves miles de hectáreas con soja”.

Por algo, complementó, “los veteranos sacaban de 60 a 80 kilos por colmena y ahora a duras penas llegamos a 20. Debemos tomar conciencia del daño que genera esa mezcla de toneladas de insecticidas, fertilizantes y agroquímicos”.

En 2001 Guillermo integraba un emprendimiento agrícola, pero los números “no daban” e hizo foco en la apicultura, labor que desarrolla al frente de Apícola El Criadero (a un kilómetro de Nueva Helvecia yendo hacia la picada Benítez).

“Arranqué de abajo, cazando enjambres, aprendiendo con conocidos, hice el curso de la Sociedad Apícola Uruguaya y fui teniendo mis colmenas y armando la sala, todo a pulmón”, recordó. Tiene 38 años. Maneja 850 colmenas en Colonia y San José. Y trabaja solo. Tuvo un empleado, pero hace tres años se fue y no da para traer otro.



Para tener la sala de procesamiento de miel, cumpliendo el 100% de las exigencias, “estuve años viendo salas para no cometer errores y tuve la ayuda económica de mi padre”.



Le llevó seis años pagar las cuentas. Luego la cosa mejoró, pero un incendio le hizo perder todo y le llevó los ahorros. Volvió a arrancar desde cero y “la venimos remando”.



Cuando se le pidió “números” de su realidad, fue claro: “para esta zafra invertí US$ 20.000 y vendí 50 tanques a US$ 21.700, me quedaron US$ 1.700 y con eso al año nadie vive”. ¿Cómo hace? “Aguantamos con el sueldo de mi señora (Ivanna Negrín)”. Trabaja en un estudio contable. “De ahí sale el día a día para la familia”, que integran además dos niños.

Sigue adelante por los mismos motivos que otros: “me enamoré de esto y siempre está la esperanza de que la cosa mejore”.



Al señalar el principal motivo del mal momento, no dudó: “la simil miel china que invadió el mercado derrumbó los precios”.



Sobre la presencia de residuos de agroquímicos en las mieles que Uruguay aspira a exportar, comentó que los países compradores siempre buscan algo para bajarte el precio, en su momento los alcaloides, otra vez la humedad, ahora el glifosato y más adelante aparecerá otra cosa”, lamentó.



Los valores de glifosato en las mieles son “admisibles”, aseguró, “es la misma presencia que vamos a encontrar si analizamos el agua, la carne o la fruta del Mercado Modelo, pero no deja de ser un problema que debería preocupar no solo a los apicultores”.



“La realidad dice que cada año sacamos menos miel, empecé con más de 25 kilos y estoy en 18. Además cuando arranque la mortandad era de 5% a 10% y ahora que sé más de abejas, con más experiencia, llega al 30%”.



Explicó que “la abeja es como el fusible en un auto, cuando hay un problema falla, es la primera que denuncia un problema”.



Añadió que una gran ayuda sería accionar en el escenario internacional para valorizar a la miel pura con relación a la adulterada, un enemigo de tal porte que “tememos que si no se frena en cinco años no quedarán apicultores. En China ya están polenizando a mano”.



En El Criadero “vamos a seguir”, porque “está el apoyo en la familia”, pero es “muy feo” encarar cada día con un panorama “tan desalentador, te rompes el lomo y no sacas nada, es una frustración”.

 El buen consejo de un francés y lo que los uruguayos hicieron
Hace 15 años, cuando trabajaba en Europa, un francés que dirigía un importadora de mieles le dio a Mauricio Guerra un consejo: “Cuiden ese oro líquido”, aludiendo a las mieles uruguayas. Con pena, este apicultor de 45 años, especializado en cría y seleccionar abejas reinas, lamentó que “no le hicimos caso, tiramos toneladas de químicos para aumentar otras producciones y descuidamos a la abeja que por la polenización es vital y así nos está yendo”.



Mauricio lleva 25 años en el rubro. Cuando estudiaba en la escuela agraria de San Ramón una de las materias era apicultura “y eso me enganchó para siempre. El viejo (su padre, Dante) me prestó una plata, compré mis primeras colmenas en Rosario y acá estamos, en la lucha”, dijo.

 



No le va bien. Tiene una sala de procesamiento actualizada, en Nueva Helvecia, llegó a manejar 1.000 colmenas y hasta iba a buscar la materia prima a áreas forestadas del norte, pero últimamente los números no dan y sólo produce en el sur. Con los años se achicó hasta manejar 650 colmenas, que es lo que puede hacer solo. No hay margen para contratar a un muchacho que ayude.

“Me salva la patrona (su esposa, Marianela Cecilia), profesora de dibujo en un liceo. Eso y prenderse de lo que salga”: con un amigo hace changas de albañil y con otro, por tener libreta para manejar camiones, reparte quesos.

Los dos niños que tienen son chicos. Salvo que la cosa cambie como de la noche al día, “lo mejor es que estudien y se dediquen a otra cosa”, expresó con amargura.

Mauricio comentó que “los precios están por el piso, poco más de un dólar por kilo y el costo es el doble. No hay una recompensa al laburo. Este año pude sacar 30 tanques (cada uno de 300 kilos), las colmenas cada vez dan menos, 20 kilos cada una. Y tuve la suerte de vender, hay gente conocida que no vendió nada”.



Desde su óptica, el gran obstáculo es “la enorme cantidad de químicos que se usan en los campos, la flor no viene como antes y la abeja, que es una fábrica de miel, cada vez rinde menos, pero no tiene la culpa”.



Ese manejo agrícola tan cuestionado por los apicultores, además, “hace que las mieles tengan niveles de restos de glifosato mayores a los permitidos por los europeos. Alemania pagaba muy bien, pero ahora no compra y eso derrumbó el precio”.



Aclaró que “esa miel no hace daño, en casa no se usa azúcar, solo miel que es un alimento formidable, estoy seguro que si se mide el agua de OSE o productos como carne, leche o vino también hay glifosato. Pero los europeos están muy exigentes y no podemos hacer nada”.



A metros de su camión –donde al frente se lee una frase atribuida a Albert Einstein: “sin las abejas solo quedarían cuatro años para la humanidad”–, mencionó que a las dificultades productivas se suma que “hay que pagar más por el gasoil, la mano de obra, los impuestos y los insumos”, pero “seguimos adelante porque nos gusta esta forma de vivir, en contacto con la naturaleza, esta profesión me ayudó a conocer gente y el mundo. Mientras haya fuerza aguantaremos, pero no depende solo de uno”.

La salida: una compensación económica que no sea un crédito
La solución –al menos parcial– a lo que muchos señalan como la peor crisis en la historia de la apicultura local es una compensación económica que el gobierno brinde, afirmó Néstor Causa, quien precisó que “no se trata de nuevos créditos, porque no sabemos cómo vamos a pagar los que ya tomamos”.

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