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Publicado porRicardo López Göttig

EL TELESCOPIO.

Estamos asistiendo a un proceso de encerramiento y fragmentación del mundo, que parecía haber quedado en el pasado. En las elecciones europeas, fenómenos políticos de fuerte contenido nacionalista están cobrando cada vez más fuerza, llamando a la ruptura de la Unión Europea y a levantar murallas de contención a la inmigración y a productos extranjeros.

Tres países europeos son el escenario de elecciones este año, y los tres son parte del núcleo fundacional de lo que hoy es la Unión Europea: Países Bajos, Francia y la República Federal Alemana. Los holandeses dieron un nuevo mandato a los liberales, conteniendo el ascenso del nacionalista Geert Wilders; en Francia, las encuestas anticipan un ballottage presidencial entre el centrista Emmanuel Macron y la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen. En Alemania, la gran locomotora europea se avizora el ingreso al Bundestag del partido Alternativa para Alemania, crítico de la UE y las políticas migratorias de la canciller Angela Merkel. A estos comicios, debemos añadir el triunfo del Brexit y la derrota del candidato ultranacionalista Norbert Hofer, por estrecho margen, a la presidencia de Austria. Y es que, más allá de la conformación de la Unión Europea y sus instituciones supranacionales, se ha despertado un sentimiento de nacionalismo, exclusivismo étnico y proteccionismo en varios países europeos, una ola que en gran medida también encarna el presidente Donald Trump.

Cuando en Europa fue perdiendo fuerza el concepto de la legitimidad monárquica, los estados buscaron una nueva fuente de identidad que los unificara, y esta fue de carácter nacional. Lo nacional se definió por la lengua común, y en algunos casos a esta se le añadía la religión. De este modo, alemán era quien hablaba alemán, sin importar en qué estado o imperio hubiera nacido. Para el Imperio Ruso, el ruso no sólo era quien hablaba ruso, sino también era ortodoxo. El ruso converso al catolicismo era clasificado como polaco.

La difusión de la lengua francesa se expandió a través de la instrucción primaria y el servicio militar, logrando en un siglo que los franceses hablaran francés. Es que en tiempos de la revolución francesa, apenas el 6% hablaba francés, en tanto que el resto lo hacía en otras lenguas –occitano, bretón, alemán, catalán, corso, vasco-, pero un siglo después el proceso estaba casi terminado. Este proceso de afrancesamiento comenzó con la revolución, pero su gran impulsor fue, paradojalmente, un militar corso que originalmente se llamaba Napoleone Buonaparte…

En Europa y Asia, los conceptos de nacionalidad y ciudadanía corren por carriles diferentes: se puede ser de nacionalidad húngara y ciudadanía eslovaca o rumana, por ser de la minoría magiar en esos países. Para quienes vivimos en América latina, en donde impera el concepto de ius solis, esta distinción resulta difícil de comprender. Pero es la tendencia a crear un estado para cada nacionalidad la que está intentando fragmentar a Europa en micropaíses, inviables y vulnerables ante las tendencias hegemónicas de la Rusia de Vladímir Putin.

Hacia fines del siglo XIX, las corrientes nacionalistas agregaron un supuesto componente genético a la nacionalidad, pretendiendo explicar características culturales a través de la biología. En consecuencia, un francés estaba determinado por sus genes a actuar de tal o cual manera. No es casual, pues, que en el Viejo Continente se desataran dos guerras de proporciones planetarias, con decenas de millones de muertos.

Este nacionalismo que parecía derrotado, recobra vida con nuevas formas. Ante esta ola de encerramiento, no se puede esperar a que sea contenido en sucesivas elecciones, sino que es preciso desmontar sus falacias con inteligencia y buenos argumentos. Tanto el ciudadano de a pie como el actor político deben tener incorporados y sostener los valores de la democracia, para que este sistema pueda funcionar.

Por los embates del populismo y la demagogia vocinglera, han perdido terreno las ideas del constitucionalismo, el Estado de Derecho, la libertad individual, el respeto a la diversidad, la igualdad ante la ley, el equilibrio de poderes y el concepto de ciudadanía. Son ideas que parecen abstractas y lejanas, pero cuya vigencia ha permitido convivir en paz y alcanzar niveles insospechados de bienestar y progreso. Precisamos recobrar el entusiasmo en el patriotismo cívico, del que ama genuinamente a su país sin despreciar a sus vecinos, en un mundo en el que impere el derecho y en el que circulen libremente las ideas, los bienes y las personas. Un mundo más abierto e integrado multiplica los beneficios de la paz y la prosperidad a escala planetaria, y es lo que hoy se halla en peligro.

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